Jaime Simental

← Regresar

Saltillo, ¿Por qué estás tan enojado?

Escrito por J.Simental · 25 de mayo de 2026 · 6 min de lectura

Calles de Saltillo al atardecer, reflejo de una ciudad que carga su propio peso emocional.

¿Por qué estás tan enojado, Saltillo?

¿Qué le pasa a esta ciudad? Parece que todos están enojados con todos. Quiero usar este medio para expresar esta frustración de sentir que voy contra la corriente. Si bien llevo meses observando este fenómeno, últimamente ya se les botó la canica. Voy a escribir la anécdota de simplemente un fin de semana — agotador y catártico.

Llevo varios días apoyando a mi papá en campaña y al platicar con tantas personas, he desarrollado esta manera de pensar enfocada en mejorar las condiciones de todos. Pero no todo es miel sobre hojuelas: no se trata solo de hablar bonito. A veces hay que señalar problemas que a ciertas personas les incomoda escuchar, y al hacerlo se sienten atacadas. Honestamente no tengo ni idea por qué. Sospecho que tiene que ver con el ego saliendo a la superficie. Pero ese es un tema para otro día.


Día uno: viernes

Llego a mi natal Saltillo el viernes. Un fin de semana para descansar, pasar tiempo con mi familia, amigos y mascotas. ¿Qué puede salir mal?

Recojo a mis perras de casa de mi mamá y luego voy a buscar algo de comer a un restaurante al que frecuento. Pedí unos boneless para llevar y estaba esperando en el carro porque traía a mis perritas con el aire puesto; se me hacía tedioso estar adentro. Se me ocurrió que, como eran para llevar, la chava podría pasarme el pedido al carro. Error. Y más allá de que me dijera que no podía, fueron sus palabras literales: “no me dejan salir”, mientras volteaba a ver la cocina. Mi cara fue de ok, ni te claves. Me di la vuelta, regresé al carro y me quedé pensando: ¿cómo que no te dejan? ¿No tienes libre albedrío? No estaba pidiendo nada fuera de lo común. Pero bueno, dije: bienvenido a Saltillo. Proseguí a comerme mis deliciosos boneless sin mayor drama.

Después de eso, y de dormir un rato, fui a un lugar en el Bulevard Colosio a reservar una cita para un masaje descontracturante. Al salir, intentando incorporarme al carril, vi por el retrovisor un Versa azul que le aceleró intencionalmente para no dejarme pasar — algo inútil porque ya estaba a medio carril. Solo fue una pitada de “chinga tu madre”. Y para acabarla de chingar, el semáforo más adelante estaba en rojo. Cuando llegué, le bajé la ventana y le dije con toda la calma: “oye carnal, ¿por qué le aceleraste? ¿Cuál es la prisa? Es viernes, ¿y quieres causar un accidente?” Me miró, hizo una mueca y volteó al frente. Entonces se asomó desde atrás una señora y ahí asumí que era transporte de pasaje. Le dije: “ya ni la chingas, traes pasaje. Si chocas, ¿qué crees que pasa?” Cerré la ventana y me fui a mi casa. Fin del día uno en Saltillo.

Bienvenido a Saltillo.

Día dos: el robo y la burocracia

Segundo día. Por la mañana un amigo manda mensaje: le robaron la casa en la madrugada. Teles, electrodomésticos, una camioneta… y hasta la pinche carne asada para el domingo los hijos de su puta madre. Lo acompañé a hacer la denuncia, porque también se llevaron las llaves de su otra camioneta, dejándolos prácticamente a pie.

Primero llegamos a una gasolinera para ver si nos podían dar acceso a las cámaras de seguridad. Qué ingenuos. Nadie fue a decir “claro, déjame ayudarte a dar con el ladrón” — esto es Saltillo. Después fuimos a Costco a comprar las croquetas de mis mascotas de pasada. Al ver que había demasiada gente, nos regresamos en la entrada. La persona encargada en un tono molesto nos dijo que la salida era por el otro lado, cuando yo ya tenía medio cuerpo afuera de la tienda. No hay forma de salir entre las cajas sin dar toda la vuelta, simplemente porque esa persona quiere sentir un poco de poder sobre los demás. Pero bueno.

Al salir de Costco, intentando incorporarme en V. Carranza, pongo direccional y una camioneta que fácilmente podía pasar en el espacio que quedaba decide pitarme, con una cara de quien no se ha reído en mucho tiempo, gritándome quién sabe qué. La ignoramos, dimos vuelta en U y seguimos rumbo a la comandancia de Ramos a levantar la denuncia.

Al llegar, una ineficiencia monumental. Primero, un adolescente que no tiene puta idea de por dónde empezar en este tipo de situaciones. Luego, un licenciado con sobrepeso cuyo último deseo en la vida era levantar un acta — claramente se moría de ganas de irse a desayunar. Cabe mencionar que ya habíamos ido a las 9 am y los sábados no abren a esa hora, así que regresamos a las 11:30 (#Mexico). Al mencionarle que se habían robado la camioneta, nos dice que eso no es cosa suya, que hay que ir a Saltillo. Le decimos: “bueno, no metas la camioneta en el acta, solo lo demás”. Silencio. Presión social de la gente alrededor. Al final: “va, pásenle”. Una toma de datos que se pueden imaginar: ineficiencia al cien por ciento. Pero al menos mandaron a los peritos ese mismo día, porque corría la amenaza de que a las 2 pm ya no trabajaban — y el domingo los ladrones descansan.


La vecina enojada

Después de dejar a mis amigos en su casa, me fui al masaje que había reservado el día anterior. Me quedé dormido a los diez minutos, y cuando me avisaron que ya terminó, salí sintiéndome como un fideo. Regresé a mi casa.

Al llegar, para no batallar con la camioneta de mi roomie, me estacioné enfrente en una supuesta línea amarilla. Minutos después, ya en calzones adentro de mi casa, llegan a decirme que mueva el carro. No de forma amable. Una señora gritando, exaltada, amenazando con llamar a la grúa.

Le contesté con toda la calma: “claro, ahí voy a mover el carro. Pero ¿por qué está tan enojada? No tiene por qué gritar.” Ella siguió. Le dije que qué amargada, salí en calzones, moví el carro. No me tomó más de veinte segundos.

El estrés emocional de ese intercambio tomó mucho más.

Lo que podría haber sido un momento para saludar a una vecina se volvió algo tedioso, frustrante y desgastante.

Para ese momento ya sentía el cúmulo de todo lo que había pasado en cuarenta y ocho horas. Toda esta realidad que me hace reflexionar: ¿qué hacen en sus vidas privadas para estar tan enojados consigo mismos, como para ir a pelearse con el que tienen enfrente? Se pueden quejar de gobiernos, rateros, del tráfico, de lo que quieran. Pero ¿qué les pasa, Saltillo? ¿Por qué están tan enojados?


Carta a Saltillo

Te observo, ciudad mía, y me pregunto cuándo dejaste de sonreír. Cuándo cambiaste el saludo por el silencio, la conversación por la queja, el café compartido por la pantalla solitaria.